Panorama del libro de Génesis 1-11

El primer libro de la Biblia es crucial para entender la Palabra de Dios. Muchas veces solemos ver a Génesis como una serie de historias desconectadas, cuando en realidad estas historias plantean un mensaje unificado que necesitas escuchar para comprender de qué se trata el resto de la Biblia.

Como nos muestra la animación, Génesis nos habla sobre cómo Dios creó toda las cosas, y cómo luego de la entrada del pecado en el mundo se desencadena un espiral de descenso en más y más pecado. Esta es una manera en la que este libro nos prepara para el evangelio de Cristo.

Este tema es parte del curso PANORAMA DEL ANTIGUO TESTAMENTO que se imparte Instituto Peniel que da inicio en el mes de FEBRERO 2018.

Contexto político y religioso para comprender el Nuevo Testamento

Este es un debate emitido en el canal de TV «Libertad Digital» en abril de 2010, que trata acerca de quién fue Jesús. Durante el programa se trata el contexto político y religioso del periodo inter-testamentario y del periodo de la vida de Cristo. El origen del Sanedrín, los saduceos, los fariseos, los esenios, la vida en Nazareth y otros temas son abordados por el Dr. César Vidal, Iñaki Colera y Shai Shemer.
Este tema es parte de la Lección 2 del Curso Panorama del Nuevo Testamento que se imparte en Instituto Peniel.

500 Aniversario de la Reforma Protestante en Ixmiquilpan, Hgo.

 


Han pasado cinco siglos de fe, gracia y esperanza en la gloria de Dios. Lo que inició como un ejercicio académico aquella noche del 31 de octubre de 1517 ha trascendido a niveles y ámbitos que los mismos iniciadores de lo que hoy conocemos como la Reforma Protestante jamás pudieron haber imaginado. Esto se debe a que no ha sido la obra de grandes hombres y mujeres de Dios, sino más bien ha sido la obra del Gran Dios de esos creyentes. Nuestro mundo no se podría entender sin reconocer la influencia de este movimiento en nuestra vida espiritual, educativa, económica, política y cultural.

En este 500 Aniversario de la Reforma, recordamos con gratitud el valor, la tenacidad, el esfuerzo y la fidelidad de las generaciones de creyentes que nos han precedido en el Camino, al mismo tiempo que rogamos a Dios que nos haga dignos herederos de su ejemplo de vida que sigue transformando nuestro mundo. No fueron perfectos, nadie lo es, pero en medio de sus debilidades y altibajos, supieron hacer un alto en el camino y volver a las fuentes de la fe cristiana: Las Escrituras. Estas Escrituras son las que nos llevan al conocimiento de Aquel que cambia vidas por gracia cuando ponemos nuestra fe en Él, Jesucristo.

En este seminario haremos un recorrido histórico desde la fundación de la Iglesia hasta el tiempo de la Reforma, conoceremos el contexto histórico en que se gestó y el impacto que ha tenido en el mundo en todas las áreas de la sociedad. Al mismo tiempo, haremos una reflexión sobre los retos actuales que tiene la iglesia de nuestros días. Que el Creador se digne de tomar a nuestra presente generación para hacer lo propio y permitir que su Luz resplandezca una vez más en medio de las tinieblas.

Cualquier información adicional sobre este evento puede comunicarse al teléfono (WhatsApp): 771 776 3650.  También a través de Facebook: Sixto Vicente

¿Por qué predicar?

Predicar

La semana pasada invertí cerca de 25 horas preparando el mensaje del domingo por la mañana de nuestra iglesia. El pasaje que prediqué fue 1 Samuel 9-11. Este sermón cubrió una porción extensa. Durante él, leí todo el pasaje y luego hablé por 40 minutos explicando el significado y aplicándolo a los corazones de los presentes. Este tipo de sermón puede ser llamado expositivo. Yo no vivo en la Inglaterra anterior a la época de la Ilustración, ni ofrecí el sermón en homenaje a la “Predicación Puritana” en nuestro calendario anual de la iglesia. Honestamente, nuestro pastor principal detesta esos calendarios anuales, pero ese es otro tema.

¿Por qué gastar todo este tiempo estudiando detenidamente la Palabra de Dios? ¿Y por qué como congregación nos dedicamos una hora a mi monólogo (que a veces debe ser soportado dolorosamente)? Me han hecho este tipo de preguntas antes. También he sido reprendido por amigos bien intencionados. Preguntan cosas como: “¿Por qué destacar la predicación sobre otras partes del servicio de adoración? ¿Acaso esto no refleja su prejuicio occidental hacia el discurso racional y ordenado? Nadie va a recordar el 95% de lo que dices de todos modos”. En otras palabras, ellos dicen, “¡Deja de perder tu tiempo y no nos hagas perder el nuestro!”.

Sin embargo, antes de renunciar a la Escritura en pro de las bellas artes en su reunión dominical, permítanme ofrecerles algunas razones por las que la predicación no sólo debe estar presente, sino ser primordial en la vida de su iglesia local.

 

El pueblo de Dios se reúne para escuchar la Palabra de Dios

Tal vez no me creas, pero por naturaleza no disfruto sentarme para escuchar a alguien hablar conmigo. Prefiero el cine, escuchar un solo de batería o ver una pieza de arte. Pero el patrón consistente en la Escritura es que el pueblo de Dios se reúne alrededor de la Palabra de Dios. Tenemos que permanecer en silencio, mientras Él habla.

Cuando Dios estableció su pacto con su pueblo en el Éxodo, utilizó palabras y ordenó a su pueblo que se reuniese y oyera esas palabras (Éx. 24:7). Si bien Israel tenía sus enemigos en la carrera rumbo a la Tierra Prometida, Dios les mandó detenerse y marchar 20 millas hacia el norte hasta el lugar donde están dos acantilados opuestos. Allí, con las montañas escarpadas proporcionando un anfiteatro natural, “Josué leyó todas las palabras de la ley, la bendición y la maldición, conforme a todo lo que está escrito en el Libro de la Ley. No hubo ni una palabra de todo lo que había ordenado Moisés que Josué no leyera delante de toda la asamblea de Israel, incluyendo las mujeres, los niños y los extranjeros que vivían entre ellos” (Jos. 8:34-35).

¿No te parece curioso que con el plan de conquistar un territorio se presente esta situación donde se lee un libro? Ahora bien, la guerra que se avecinaba no era una guerra común ni la gente de este pueblo era gente común. La palabra que los creó como nación continuaba siendo la palabra que los definía como pueblo de Dios. Años más tarde, cuando Josías condujo a su pueblo de regreso al Señor, lo hizo mediante la lectura: “Y subió el rey a la casa del Señor con todos los hombres de Judá, los habitantes de Jerusalén, los sacerdotes, los Levitas y todo el pueblo, desde el mayor hasta el menor, y leyó en su presencia todas las palabras del Libro del Pacto que había sido hallado en la casa del Señor” (2 Cr. 34:30). Cuando el pueblo de Dios se reunió como un todo después del exilio, Nehemías no les enseñó una rutina de ejercicios, tampoco les enseñó a pintar con los dedos ni les pidió hacer una obra dramatizada. En cambio, colocó a Esdras sobre una plataforma de madera (Neh. 8:4) y mientras el pueblo permanecía en sus lugares (8:7), Esdras y los escribas “leyeron en el Libro de la Ley de Dios, interpretándolo y dándole el sentido para que entendieran la lectura” (8:8).

El ministerio público de Jesús en Lucas comenzó entrando en la sinagoga, recogiendo el rollo de Isaías, leyéndolo, y enseñando de él (Lc. 4:14-22). En Hechos 2 el pueblo no se salvó al ver un gran dirigible con palabras “cristianas” o algún otro truco, sino a través de la exposición pública que hizo Pedro de Joel 2. En Hechos 6 se establecieron diáconos no para que los apóstoles pudieran tener más tiempo para estudiar lo último en técnicas de teatro o de vestidos de moda, sino para que pudieran tener la libertad de predicar la Palabra de Dios (Hch. 6: 2). Pablo exhorta a Timoteo a predicar la palabra (2 Ti. 4:2).

Podría seguir mencionando ejemplo tras ejemplo. Lo que miras te emociona, pero lo que escuchas te capacita. No necesitamos obras teatrales con las puertas del cielo y las llamas del infierno. El pueblo de Dios necesita reunirse para escuchar la predicación de la Palabra de Dios.

 

Predicar la Palabra de Dios enseña a tu gente cómo leer la Palabra de Dios

No hace mucho tiempo, David Wells lamentó que los evangélicos ya no tienen valor de ser protestantes. Hoy en día, luchamos por el valor de ser, en un sentido, históricamente cristianos. A medida que la ola cultural de género y sexualidad cae sobre nosotros los cristianos, algunos no tenemos nada que decir porque no creemos que la Biblia tiene algo que decir al respecto, o no sabemos lo que dice, o se ha convertido en poco más que una colección de cuentos morales, una versión religiosa de las fábulas de Esopo que tenemos que reinterpretar para que encaje con nuestras costumbres culturales.

Pero mantener la Palabra de Dios en el centro de la vida de su iglesia local, especialmente mediante la predicación de textos consecutivos de la Escritura, le enseña a tu gente a leer la Biblia. No necesitan una clase de hermenéutica en un seminario para conseguir esto. Lo que necesitan es una predicación fiel. Lo que necesitan es escuchar una predicación que conecte la historia redentora que nos presenta la Biblia. Desde la creación del universo por la palabra de Dios hasta el sacrificio y el regreso del Segundo Adán. Una predicación que explique tanto el rechazo que sufrió Jesús de parte de la nación de Israel como la sumisión a Jesús del nuevo Israel de Dios.

Al inicio de mi vida cristiana formé parte de iglesias que amaban la Palabra de Dios, sin embargo, no la trataban como una montaña de la que se extrae oro, sino más bien como una colina con un par de rocas que se puede recoger y observar con cierto interés. Fue sólo cuando aterricé en una iglesia que extrae oro de la palabra, que conecta con cuidado ricos temas bíblicos y muestra cómo todo apunta a Cristo, que comencé a abordar el Antiguo Testamento con confianza y aliento. Mantener la Palabra de Dios como el centro de tu predicación y enseñanza, no sólo ayudará a las personas a saber leer, sino que les dará el estímulo para sumergirse en ella por sí mismas.

 

Predicar la Palabra de Dios cambia la vida de los oyentes una semana a la vez

¿De qué sirven todos esos sermones, si olvidamos la mayor parte de lo que hemos escuchado poco después? Bueno, no nos olvidamos de todo lo que oímos. Confío en que la mayoría de nosotros podemos recordar sermones que han desafiado nuestra vida, han cambiado la manera en que pensamos acerca de Dios, el matrimonio, el dinero, etc., y nos cambiaron para siempre. Así que no debemos menospreciar todo el esfuerzo de predicar un sermón.

Pero más importante aún es saber que la palabra semanal en nuestros mensajes del Día del Señor tienen como intención ¡darnos fuerza para llegar al próximo domingo! En el ritmo semanal de Dios, parece que Él entiende que viene el próximo domingo, que estamos hambrientos y tenemos que ser alimentados una vez más.

Mis sermones y tus sermones no tienen que permanecer en la mente de nuestros oyentes por toda la eternidad. No predicamos con la intención cambiar sus vidas en ese sentido. Más bien, esos sermones tienen el propósito de sostenerlos hasta la próxima semana. Una semana a la vez. Hasta llegar el cielo. Allá la Palabra hecha carne morará con nosotros para siempre y no habrá más necesidad de sermones.

FUENTE:
Brad Wheeler
es Pastor Asociado de Capitol Hill Baptist Church en Washington, D. C.
http://es.9marks.org/articulo/por-que-predicar/

La vida de Jesucristo

Jesús (también conocida como «La vida pública de Jesús») es una película de 1979, dirigida por John Krish y Peter Sykes y protagonizada por Brian Deacon como Jesús de Nazaret. Esta película corre a través de la vida de Jesús empezando con su nacimiento y culminando con su ascensión a su hogar celestial. El Evangelio de San Lucas de la Santa Biblia, fue escogido como la base del diálogo y acción para la película. Cinco años de cuidadosa preparación antecedieron la filmación en Israel en los lugares donde se llevaron a cabo los hechos reales en el evangelio. Las escenas son emocionantes y muestran muchos de sus milagros.

Características de un buen sermón

buen-sermon

Cada domingo, millones de cristianos alrededor del mundo asisten a las reuniones de su iglesia local y escuchan a un predicador exponer un pasaje o un tema de la Palabra de Dios. Ese es uno de los medios de gracia más poderosos que Dios usa para salvar a los pecadores y santificar a los creyentes. Pero no todo sermón tiene el mismo impacto en la vida de quienes escuchan. Aunque diversas razones puedan ser dadas para esto, y ninguna se escapa a la voluntad soberana de Dios, hay ciertos elementos esenciales que poseen aquellos sermones que son más usados por Dios para la salvación y edificación de las almas.

En primer lugar, su contenido es el mensaje de la Palabra de Dios.

Un sermón, por encima de todas las cosas, es una exposición fiel del mensaje contenido en el texto o pasaje de las Escrituras que está siendo expuesto. En Hechos 20:25, Pablo se refiere a sí mismo como un heraldo del reino de Dios. En el mundo antiguo la función del heraldo no era otra que la de transmitir con fidelidad la mente de su Rey. Es por eso que se requerían dos cosas para ser un buen heraldo: la primera, obviamente, era tener buena voz; la segunda, un carácter confiable. El rey debía estar seguro de que podía confiar en esa persona como un transmisor fiel del mensaje que se le había encomendado (cp. 1 Cor. 4:1-2). Esa es la encomienda de Pablo a Timoteo: “Predica la Palabra” (1 Tim. 4:2). Ahora bien, cuando hablamos de predicar la Palabra, lo que queremos decir no es meramente que el ministro verdadero no predica el contenido del Corán, o del Libro del Mormón, o de los escritos de Elena G. de White. Se supone que ningún ministro del evangelio hará tal cosa. Lo que queremos enfatizar es que el ministro del evangelio debe estar seguro de que en verdad está entregando el mensaje de la Biblia; no porque cita un texto aquí y otro allá que parecen apoyar sus ideas, sino porque, a través del estudio diligente y una exégesis cuidadosa de las Escrituras, este hombre ha desentrañado el verdadero significado del texto, pasaje o tema bíblico que está exponiendo.

En segundo lugar, un sermón se distingue porque posee unidad.

La unidad es una característica esencial del sermón. El predicador no es un comentario bíblico ambulante; es el portavoz de un mensaje. Y esta distinción es de suprema importancia. Algunos entienden que predicar es lo mismo que comentar un pasaje de las Escrituras, explicando lo que significa el versículo 1, y luego el 2, y el 3, y así sucesivamente. Pero eso no es un sermón, eso es un comentario bíblico hablado. Un sermón es un mensaje, un mensaje que extraemos de las Escrituras a través de un trabajo exegético concienzudo y que transmitimos a través de la predicación. Ese mensaje tiene sus partes, sus divisiones, variedad en las ideas, pero todas sus partes, divisiones e ideas conforman un todo. Y es a ese “todo” que llamamos el sermón. Por eso alguien ha dicho que el sermón debe ser como una bala y no como una munición. La munición se abre en muchos fragmentos, mientras que el sermón va dirigido hacia un objetivo en particular. Cuando un sermón carece de unidad es posible que algunas frases sueltas tengan cierto efecto en la mente de algunos, pero el sermón como tal probablemente no será muy eficaz.

En tercer lugar, un buen sermón posee orden.

El orden de una exposición es muy importante para que pueda ser entendida y recordada por aquellos que nos escuchan. Nuestro Dios es un Dios de orden (1 Cor. 14:3340), y Él nos hizo de tal manera que captamos mejor las cosas cuando son presentadas en una forma ordenada y secuencial. Si comenzamos a contar “1, 2, 3, 4”, todos esperan que sigamos con el “5”, no con el “16”. O si digo “a, b, c” nadie espera que salte a la “r”. Dios nos hizo así; nos dio una mente que capta mejor las cosas cuando son presentadas en un orden lógico. Si queremos informar el entendimiento de nuestros oyentes, debemos presentar el material bíblico en un orden lógico. Traer delante de la congregación un montón de pensamientos desordenados sobre un mismo asunto, por más buenos que sean, no le hará mucho bien al auditorio. El efecto que puede producir un ejército no es el mismo que produce una turba. Debemos dividir nuestros sermones en encabezados que sean fácilmente recordados, y arreglar nuestro material de tal manera que nuestras ideas y argumentos sigan uno al otro en una forma natural y fluida. El gran predicador del siglo XX, Martyn Lloyd-Jones, dice lo siguiente al respecto:

“La cuestión que estoy subrayando es que debe haber una progresión en el pensamiento, que ninguno de estos puntos es independiente y, en un sentido, ninguno tiene el mismo valor que todos los demás. Cada uno de ellos es parte de un todo, y en cada uno has de ir avanzando y llevando el asunto más lejos. No estás simplemente diciendo las mismas cosas un número determinado de veces, tu meta es llegar a una conclusión final”[1].

Tomen, por ejemplo, la carta de Pablo a los Romanos. Allí el apóstol Pablo desglosa el contenido del evangelio, y podemos ver en su presentación una secuencia lógica de pensamiento: “Deseo ir a Roma a predicar el evangelio” (Rom. 1:13-15). ¿Por qué ese anhelo de ir a la capital del imperio a proclamar un mensaje que podía poner en riesgo su vida? “Porque el evangelio es poder de Dios para salvación” (1:16). ¿Y por qué el evangelio es un instrumento tan poderoso? “Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe” (1:17). Pero, ¿por qué necesitamos ser salvados por medio del evangelio? “Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres…” (1:18). Y así podríamos analizar cada una de las epístolas del Nuevo Testamento. Debemos presentar las Escrituras en una forma ordenada. Eso no solo será de gran ayuda para el predicador, porque recordará su bosquejo más fácilmente y podrá presentar sus argumentos en una forma más convincente, sino que será de gran ayuda para los que escuchan. Alguien dijo una vez que una buena prueba que todo predicador debe hacerse para saber si tiene un sermón bien arreglado y ordenado, es ver si puede recordar de memoria al menos los puntos principales del sermón. Si él no puede recordarlos, luego de haber estado una semana completa trabajando en él, ¿cómo quiere que la congregación lo recuerde luego?

En cuarto lugar, un buen sermón se caracteriza por su simplicidad. 

Noten que no estoy hablando de superficialidad, sino de simplicidad. A menos que seamos simples en nuestros sermones nunca seremos entendidos, y si no somos entendidos no podremos hacer ningún bien a las almas de aquellos que escuchan. Debemos hacernos entender, y eso no es una tarea fácil. Un siervo de Dios del pasado dijo con mucha razón: “Hacer que las cosas fáciles parezcan difíciles es algo que cualquiera puede llevar a cabo; pero hacer que las cosas difíciles parezcan fáciles es el trabajo de un gran predicador”. Debemos proclamar el mensaje en una forma tal que todos puedan entendernos. El mensaje de la Palabra de Dios debe ser, para la mayoría de nuestros oyentes, claro y diáfano como la luz del medio día. Por supuesto, en una iglesia compuesta por personas de diversos trasfondos sociales y educativos, o en diferentes etapas de madurez cronológica o espiritual, es muy probable que algunas cosas del sermón no sean comprendidas por algunos. Pero debemos hacer el esfuerzo de hacernos entender por la mayoría.

En quinto lugar, el sermón debe ser relevante, aplicativo y persuasivo.

La finalidad de un sermón no es únicamente informar el entendimiento, sino persuadir al auditorio a la acción. Los oyentes deben ver cómo se aplica esa verdad que está siendo expuesta en su diario vivir. La aplicación en el sermón es como la dirección de una carta. Si no escribimos la dirección en el sobre, no importa cuán bueno y edificante sea su contenido, no llegará a su destino. Y, ¿cuál es el destino al que está supuesto a llegar el sermón? A todo el hombre, no solo a su mente, o a su voluntad o a sus emociones. Predicamos a todo el hombre. Mover a un individuo a la acción sin informar su mente es mera manipulación. Pero informar la mente sin clarificar al auditorio qué hacer con esa verdad, y sin persuadirles a obedecer, es puro intelectualismo. Algunos predicadores entienden que su responsabilidad se limita a explicar la verdad, y luego deben dejar que los creyentes saquen sus propias conclusiones movidos por el Espíritu Santo. Pero eso no es lo que encontramos en las Escrituras. Tomemos como ejemplo el Sermón del Monte pronunciado por nuestro Señor Jesucristo (Mateo 5 al 7). Allí vemos que Jesús se dirigía a los hombres en segunda persona (cp. Mt. 5:11121314); con instrucciones precisas (6:1, 2); con un marcado énfasis en cómo llevar esto a la práctica (6:6, 9); y concluye con un llamado claro y persuasivo (7:13-14, 15, 21, 24). ¿Cuál fue el resultado? “Cuando Jesús terminó estas palabras, las multitudes se admiraban de su enseñanza; porque les enseñaba como uno que tiene autoridad, y no como sus escribas” (Mt. 7:27-28).

 

He ahí algunas de las características esenciales para que un sermón sea un buen sermón. Por supuesto, eso quiere decir que el predicador tiene un arduo trabajo cada semana antes de subirse al púlpito a predicar la Palabra cada domingo. Y en esto debemos reconocer con tristeza que los hijos de las tinieblas son más sagaces que los de la luz. Muchos herejes presentan mejor sus herejías que lo que muchos de nosotros presentamos la verdad. De cierto predicador se dijo una vez: “No dice nada, pero lo dice muy bien”. Eso es sencillamente terrible. Pero igual de terrible es que presentemos la verdad en una forma tan descuidada y poco presentable que nadie la entienda o le haga caso. Como bien ha dicho alguien al respecto: “Sucede a menudo que aquellos que tienen un alto concepto de la Palabra de Dios piensan, erróneamente, que no necesitan ser diligentes en la preparación de los sermones. Simplemente entregan el mensaje a la congregación como primero les viene a la mente”. Y luego añade: “Su esposa puede ir a la carnicería y comprar la mejor carne, la más tierna y jugosa, pero si ella simplemente la pone en el plato todavía cruda y sanguinolenta, usted no se la va a comer. Tiene que ser preparada de la mejor manera posible, con el fin de conseguir darle la mejor presentación visual, olor y sabor”[2]. Que el Señor nos ayude a predicar Su Palabra como siervos fieles y diligentes, dejando, luego en Sus manos los resultados de nuestra predicación. ¡Que a Él sea toda la gloria!

[1] La predicación y los predicadores
[2] Bruce Mawhinney, Predicando con Frescura
Créditos: Sugel Michelen | The Gospel Coalition

FUNDAMENTOS DE LA REFORMA: LA CENTRALIDAD DEL EVANGELIO

Cuando el Señor Jesucristo dijo: «Haced discípulos en todas las naciones», su voluntad fue que predicáramos el EVANGELIO y no sueños, visiones y opiniones.

La Gran Comisión dice: «Id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.» Mateo 28:19-20

El Apóstol Pablo exhortó a los gálatas a no dejarse seducir por «nuevos evangelios»:
«Estoy maravillado de que tan pronto os hayáis alejado del que os llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente. No que haya otro, sino que hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo. Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema. Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema.» Gálatas 1:6-9