¿Anhela estar en la presencia de Dios?

Presencia de Dios
Millones de persones viven su vida ignorando totalmente a Dios y sus principios; sin embargo, por una extraña razón confían que al morir irán a la presencia de Dios. ¿Qué dice la Biblia sobre esto?

Un profeta llamado Isaías tuvo la oportunidad de experimentar la presencia de Dios aún estando vivo. Leamos su testimonio:

El año en que murió el rey Uzías, vi al Señor sentado en un majestuoso trono, y el borde de su manto llenaba el templo. Lo asistían poderosos serafines, cada uno tenía seis alas. Con dos alas se cubrían el rostro, con dos se cubrían los pies y con dos volaban. Se decían unos a otros: «¡Santo, santo, santo es el Señor de los Ejércitos Celestiales! ¡Toda la tierra está llena de su gloria!».

Sus voces sacudían el templo hasta los cimientos, y todo el edificio estaba lleno de humo. Entonces dije: «¡Todo se ha acabado para mí! Estoy condenado, porque soy un pecador. Tengo labios impuros, y vivo en medio de un pueblo de labios impuros; sin embargo, he visto al Rey, el Señor de los Ejércitos Celestiales».

Entonces uno de los serafines voló hacia mí con un carbón encendido que había tomado del altar con unas tenazas. Con él tocó mis labios y dijo: «¿Ves? Este carbón te ha tocado los labios. Ahora tu culpa ha sido quitada, y tus pecados perdonados».

Después oí que el Señor preguntaba: «¿A quién enviaré como mensajero a este pueblo ¿Quién irá por nosotros?».
—Aquí estoy yo —le dije—. Envíame a mí. (Libro de Isaías 6:1-8 NTV)

Este párrafo escrito por el propio Isaías describe la nada grata experiencia de estar ante la presencia majestuosa de Dios. Fue tan terrible que de hecho, él sintió morirse. ¿Por qué? ¿Cuál es la razón de tan angustiosa sensación?

1. La santidad de Dios.
Los seres celestiales que aparecen en la narración proclaman incesantemente que Dios, el Rey del universo, el Señor de los Ejércitos Celestiales es tres veces santo.

Cuando la Biblia llama a Dios Santo, significa que Él es «trascendentalmente separado.» Es decir, que Él está tan por encima y más allá de nosotros; su trascendencia describe su suprema y absoluta grandeza. Que Dios sea santo significa que «inspira asombro o es asombroso.» En el sentido más elevado, sólo Dios es asombroso.

Isaías tuvo temor a Dios porque Él es santo. Su temor fue un temor servil, un temor nacido del pavor. Dios es demasiado grande para nosotros, demasiado asombroso. En su presencia, tememos y temblamos. Hallarnos ante su presencia, puede ser nuestro más grande trauma.

En el momento que este profeta vio la santidad de Dios, por primera vez en su vida entendió quién era Dios; a la vez, por primera vez entendió quién era Isaías.

2. El pecado de Isaías
Esta visión hizo temblar el lugar. Pero, las puertas del templo no fueron lo único que se conmovió. Lo que más tembló en aquel edificio fue el cuerpo de Isaías. Cuando él vio al Dios viviente, el monarca reinante del universo desplegado ante sus ojos en toda su santidad, Isaías exclamó «¡Todo se ha acabado para mí! Estoy condenado, porque soy un pecador.  Otra traducción dice: «¡Ay de mí!» La palabra ¡Ay! es un aviso de juicio. Isaías se reconoció a sí mismo como un pecador y su pecado demandaba un juicio divino.

¿Isaías era un hombre pecador? Sus contemporáneos lo consideraban el hombre más recto de la nación y lo respetaban como un modelo de virtud. Pero cuando tuvo la repentina visión del Dios santo, en ese instante toda su autoestima fue sacudida. En un segundo su desnudez se descubrió ante la mirada de la norma más absoluta de santidad. Comparado con otras personas, él podía sostener una alta opinión de sí mismo. Pero en el instante que él se midió con la Norma Suprema, él fue deshecho -moral y espiritualmente devastado. Fue desintegrado, desarticulado. Su sentido de integridad se derrumbó.

Isaías comprendió su vileza. Todas las fibras nerviosas de su cuerpo temblaban mientras buscaba donde esconderse, orando que de alguna manera la tierra lo cubriera, el techo del templo lo sepultara, o algo, cualquier cosa, lo liberara de la santa mirada de Dios. Pero no había dónde esconderse. Él estaba allí, desnudo y solo frente a Dios. A diferencia de Adán, no tenía a Eva para alentado, ni hojas de higuera que lo escondieran. Lo suyo era la esencia de la angustia moral, ésa que desgarra el corazón de un hombre y destroza su alma en pedazos. Culpa, culpa, culpa sin tregua brotaba por todos sus poros.

Esta es la condición de todo ser humano cuando sea llamado a la presencia de Dios. No hay justo ni uno sólo –afirma la Escritura. Todos somos pecadores y nuestros más íntimos secretos serán revelados, cada palabra, pensamiento y acto será juzgado por el Rey de gloria.

El profeta dramáticamente reconoció: ¡Tengo labios impuros! ¿Esto significa qué sólo pecaba con sus labios, sus palabras? No. El Señor Jesucristo nos enseñó que de la abundancia del corazón habla la boca, y «del corazón salen los malos pensamientos, el asesinato, el adulterio, toda inmoralidad sexual, el robo, la mentira y la calumnia.» (Mateo 15:19). Y esas cosas son las que contaminan, ensucian y envilecen al ser humano y lo hacen sentirse indignos de estar en la presencia de Dios.

3. ¿Cuál fue la solución ante este problema?
El Dios santo es también el Dios de gracia,
y no permitió que su siervo continuara postrado sin consuelo. Inmediatamente comenzó a limpiado y a restaurar su alma, enviando a uno de los serafines. La inmundicia de su boca fue quemada; él fue refinado con el fuego santo.

Por medio de este acto divino de limpieza, Isaías experimentó un perdón más allá de la purificación de sus labios. Él fue limpiado completamente, aunque no sin el terrible dolor del arrepentimiento. Él lamentó su pecado, abrumado con angustia moral, la convicción de pecado que el sintió fue constructiva y le trajo una sanidad que se extenderá por toda la eternidad. Su pecado fue perdonado, y su dignidad fue restaurada. En un momento, el devastado profeta fue restaurado y purificado. Él ahora estaba limpio.

Todos somos como Isaías. Si comparecemos ante la presencia de Dios con pecado estaríamos perdidos. Pero al igual que para este antiguo israelita, también existe una gracia para quienes se reconocen como pecadores y son movidos a un genuino arrepentimiento en su ser. Y justamente proviene de un altar de sacrificio, de la cruz del Calvario. Dios conociendo la bancarrota espiritual del mundo y no habiendo otra fuente de limpieza para nuestro pecado, envió a su Hijo Jesucristo a la cruz a morir pagando nuestros pecados para que todo aquel como Isaías que cree en Él y acepte este sacrificio no se pierda en la condenación sino tenga limpieza espiritual y vida eterna.

Al aceptar este hecho histórico y recibir por fe el perdón que otorga su gracia, somos completamente limpios de toda culpa, todo nuestro pasado queda sepultado, todas las cosas de nuestro ser son renovadas, y ya no tenemos ninguna condenación porque somos reconciliados con Dios. Aquí inicia una preciosa recuperación de la imagen y semejanza que Dios le dio a nuestro antepasado Adán. Algunos llaman a este evento-proceso «una conversión o un nuevo nacimiento» que nos abre los ojos a una realidad espiritual, pasamos de la oscuridad a la luz, y del poder de Satanás a Dios. Entonces recibimos el perdón de nuestros pecados y se nos da un lugar entre el pueblo de Dios y somos registrados en el Libro de la Vida por nuestra fe en Jesucristo.” (Vea Juan 1:12-13, 3:16-18, Romanos 5:1, 8:1, Hechos 26:15-18).

Este es el requisito indispensable para presentarse ante la majestad de Dios sin huir despavoridos. Ninguna obra buena, ninguna religión ni código de conducta alguna nos dará la capacidad de estar en la presencia de Dios por la eternidad sino únicamente el sacrificio de Jesucristo como cordero de Dios que vino a quitar el pecado de este mundo.

Si en verdad anhela una eternidad junto al Padre, arrepiéntase verdaderamente de vivir ignorando a Dios, reconozca sus pecados y acepte por fe el perdón total y absoluto que solamente Cristo ofrece. Si lo hace, el Padre, el Hijo y Espíritu Santo vendrá a su cuerpo y lo convertirá en su habitación, su templo y siempre permanecerá dentro de usted dándole paz, consuelo y un poder especial para vivir de acuerdo a los principios de Dios contenidos en la Biblia. (Estudie Juan 14:23; 1 Corintios 3:16; Gálatas 5:16-25).

4. ¿Qué siguió a la limpieza espiritual de Isaías?
Él mismo nos lo cuenta: «Entonces oí la voz del Señor que decía: ¿A quién enviaré? ¿Quién irá por nosotros? Y respondí: Aquí estoy. ¡Envíame a mí!»

La visión de Isaías adquirió una nueva dimensión. Hasta entonces él había visto la gloria de Dios, había oído el canto de los serafines, había sentido el carbón ardiente sobre sus labios, pero ahora por primera vez escuchaba la voz de Dios.

De repente, los ángeles callaron y la voz que la Escritura describe como el estruendo de muchas aguas resonó en todo el templo. Aquella voz hizo eco con las agudas preguntas: «¿A quién enviaré y quién irá por nosotros?» Aquí vemos un patrón que se ha repetido en la historia. Cuando Dios se aparece, la gente tiembla con terror, luego Dios perdona y sana, para después enviar. El patrón es que el quebrantamiento precede a la misión.

Dios tomó a este hombre destruido y después lo envió al ministerio. Él tomó a un pecador y lo hizo un profeta; tomó a un hombre de labios sucios y lo hizo su vocero.

Isaías fue restaurado no para quedarse dentro del templo, sino para salir y anunciar la voz de Dios a su nación. Cuando Dios nos limpia y nos restaura es con el fin de convertirnos en instrumentos de bendición y de su gracia a la gente que nos rodea. Él redime al padre alcohólico y lo reintegra a su familia como un padre amoroso; Él restaura al adúltero y lo lleva a los brazos de su esposa como un compañero fiel; Él convierte al orgulloso y arrogante y lo envía a los suyos como un humilde hombre de Dios.

Cuando Dios redime, Él nos sana para que podamos ser útiles y realizarnos en la misión para la cual cada persona es llamada. La personalidad de Isaías fue completamente reconstruida, para ser luz y sal de su generación. Este es el plan de Dios para todos los que aún vivimos para definir nuestra eternidad.

Conclusión
Si aún puede leer esto, es que el Señor ha sido paciente con usted porque le ama.
De hecho, Él no quiere que nadie sea destruido, quiere que todos se arrepientan. La paciencia de nuestro Señor da tiempo para que la gente sea salva; todos reciben el tiempo suficiente para estar a cuentas con Dios. Que nadie lo dude, tarde o temprano todos compareceremos ante su Majestad; la condición en que lo hagamos dependerá completamente de nosotros.

Si dejamos que Cristo establezca su gobierno en nuestra vida, no sólo viviremos vidas transformadas, útiles y productivas; sino también, en nuestro último día, al partir de esta tierra, tendremos la seguridad que será para estar en la presencia de Dios. Entonces seremos dichosos, porque el Maestro nos enseñó que «bienaventurados son los puros de corazón, porque ellos verán a Dios.» (Mateo 5:8).

¡Que así sea!

© sixtovicente@gmail.com

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